No deja de ser curioso, o cuando menos paradójico, que mientras en España presumimos de ser un país integrador en lo que se refiere al trato con personas con algún tipo de discapacidad física, yo mismo he sufrido y padecido en mis propias carnes, a lo largo de 24 años de vida, muchas situaciones incómodas, que ponen de manifiesto la tremenda hipocresía que existe con respecto a este tema.
Situaciones que demuestran que no es oro todo lo que reluce, y que, bien por ignorancia o bien por puro egoísmo, todavía nos queda mucho camino por recorrer.
Para la realización de este artículo, he querido seleccionar tres momentos, elegidos quizá por ser los que mejor representan esa dualidad terrible y desconocida que se da en nuestra sociedad. Tres historias que son tan solo la punta del iceberg de una larga y triste lista que nunca debió ver la luz. Pero estas cosas hay que contarlas. Es necesario abrir los ojos de la gente, y advertir que detrás de buenas intenciones y bonitas palabras, se esconde una realidad totalmente diferente.
La primera de ellas tuvo lugar hace tres o cuatro años, en la playa de 'Area Grande', en A Guarda. Estábamos mi padre y yo tomando el sol una calurosa mañana de verano, cuando un hombre ya mayor ―debería superar los 70 años o rozar los 80―, se nos acercó: “¡Hola Manolo!”, dijo el anciano nada más llegar. “¡Hola!”, respondió mi padre, devolviéndole el saludo. Y prosiguió el otro: “¿Este é o teu fillo, o inútil?”
Se conoce que este señor nunca me había visto, pero que sabía efectivamente que yo tenía algún tipo de minusvalía. Y no se le ocurrió nada mejor al bueno del viejo que calificarme de “inútil”. Quizá debería haber consultado un diccionario antes de soltar semejante barbaridad. No le di demasiada importancia, dada su avanzada edad.
Quiero pensar que su “error” se debió a la ignorancia, más que a una mala intención. Pero deberíamos cuidar un poco más nuestro lenguaje. Por propia experiencia, sé que a veces, por simple comodidad, decimos lo primero que se nos viene a la cabeza, sin pensar en las consecuencias que una simple palabra puede llegar a acarrear.
La segunda sucedió hace cuatro o cinco años (creo que la falta de exactitud en este dato es algo irrelevante) en la cervecería 'Pool Chaos', conocida seguramente por muchos de los lectores de Noticias O Rosal. Me disponía a entrar con dos amigos en dicho local, cuando me di cuenta, no sin cierta sorpresa y resignación (ya que no era la primera vez que me pasaba), de que un coche obstaculizaba de lado a lado y por completo la rampa de acceso a la cervecería. Mis amigos me ayudaron a subir ―que remedio― por la zona difícil, que tenía un escalón imposible de salvar por mis propios medios.
Lo primero que hice al entrar en el “Pool” fue preguntar en la barra a quién pertenecía aquel vehículo. Resulta que su dueño era un joven, cliente habitual del bar, y que era reincidente, ya que era la segunda vez que yo tenía que llamarle la atención. A continuación, el chaval se dispuso a sacar el coche de allí, momento que aproveché para recriminarle su mala acción ―con educación, por supuesto― y para decirle, de paso, que no lo volviera a hacer.
La contestación que recibí a continuación, lo dice todo acerca de este individuo. “Pues si vuelve a pasar me vuelves a avisar”, me espetó. Me quedé alucinado y sin saber qué decir, viendo como daba media vuelta y se iba, como si nada hubiera pasado. “Pues si vuelve a pasar llamo a la Policía, y problema solucionado” pensaba yo mentalmente, repuesto ya de aquel incidente. Evidentemente, la denuncia no es el mejor de los remedios, y menos en un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce, y se pueden tomar represalias.
¿Cómo alguien es capaz de decir algo así? Aquí no existe ignorancia, ni nada que pueda justificar, en primer lugar, el hecho de aparcar un coche en una zona habilitada para personas con problemas de movilidad, y en segundo lugar, la posterior y chulesca contestación. Este es un caso muy común, por desgracia, de pasotismo y prepotencia.
Pero seguramente, el momento más ridículo y denigrante lo viví en el Centro de Salud de A Guarda, hace cosa de dos meses, más o menos... Me encontraba esperando a una enfermera cerca de la cola que se forma en el lugar habilitado para informar a la gente, cuando la recepcionista me preguntó, “¿quieres algo chico?”, a lo que yo respondí diciendo: “No no, yo estoy esperando a que venga una enfermera a atenderme”. “¡Ah, vale, pensaba que querías algo, como te veía ahí esperando...!”, siguió diciendo la chica.
A continuación, una mujer joven que esperaba su turno en la fila entró en aquella conversación, y dirigiéndose a mí, sonriente, con ese tono de voz artificial que todos empleamos para hablar con perros o con bebés, dijo: “Pero el chico sabe hablar, tú no eres mudito, ¿verdad?”. Y allí me quedé yo, con cara de tonto, asintiendo... “¡No, no, para nada!”...
Habláis de tratarnos como a iguales, pero nos tratáis como si fuéramos diferentes. En ocasiones, como si fuéramos completos idiotas. Habláis de integración, y nos desintegráis... La hipocresía está ahí, oculta tras unas palabras aparentemente inocentes. ¿Os dais cuenta?
Como habéis podido comprobar, en ningún momento he querido mencionar los nombres de los desafortunados protagonistas de estos tres relatos. La intención de este escrito no es la de denunciar públicamente la actitud de ciertas personas, si no la de educar. Desgraciadamente, estas lecciones de vida no se imparten en los colegios. Y así nos va...
Espero y deseo que este artículo contribuya a crear una auténtica y verdadera conciencia social, tan necesaria todavía hoy.